Lo que el mindfulness me ha enseñado en los últimos meses.

 

Corría el verano del 2.015; el año estaba siendo bastante estresante laboralmente hablando, y empezaba a repercutirme en mi entorno personal. Todo me sabía mal, mi cuerpo acusaba toda la tensión arrastrada en los últimos dos años por el trabajo, y a todo encontraba defectos. Mi día a día me parecía vacío, sin sentido. Yo no sabía cómo, pero necesitaba hablar, que alguien me escuchase, y en alguna manera, entendiese a mi yo interno que parecía loco de atar.

Entonces, como por arte de magia, el mindfulness apareció en mi vida. No cabe decir que antes del momento en que Pilar, una amiga psicóloga, me habló de él, no tenía ni idea de que existiese algo así, es más, soy una persona bastante práctica, que siempre se ha jactado de no necesitar a nadie ni a nada, y solamente pensar que una técnica de relajación pudiese cambiar mi vida, me sonaba absurdo, loco, apto solamente para hippies o gente sin la cantidad de trabajo que suelo tener en mi día a día. Así, sin darme cuenta, mi vida cambió. Mejor dicho, mi vida no ha cambiado en los últimos meses, la que ha cambiado en la forma de afrontarla, he sido yo. Tampoco quiero engañar a nadie; todavía estoy en el proceso de cambio, nunca he sido buena alumna (soy de las rebeldes que se niegan a obedecer todas las reglas), y eso hace que el proceso sea más lento. Sin embargo, ha habido muchas cosas que el mindfulness y la meditación me han enseñado por el camino, a pesar de no practicar ninguna de las dos a diario…

 

 

De dónde viene el Mindfulness.

La práctica del mindfulness o de la atención plena, no es budista en sí, de hecho, ha habido diferentes culturas a lo largo de los siglos que la han aplicado, quizás no con este nombre, pero tanto la psicología como la medicina han aplicado su práctica a lo largo de la historia.

Mindfulness es la capacidad de estar presente en cada momento. Aceptar que la experiencia presente, tanto la buena como la no tan buena, ya sea el dolor o las malas emociones, son parte de nuestra vida, y por ello, debemos asumirlo como parte diaria de nuestra vida y no tratar de evitarla. Al aceptar la capacidad de estar presente, sea cual sea nuestro presente, aceptamos todas las etapas de la vida como algo natural y que viene consecuentemente por la simple razón de estar vivos, y nos permite también disfrutar más de lo que hacemos en todo momento.

Sarati, recordar en el idioma Poli, un idioma vernáculo parecido al sánscrito, con más de 2.500 años de antigüedad, es la palabra de procedencia de esta técnica en cuestión.

 

Cómo lo podemos aplicar.

Disfrutando el momento. No soy psicóloga, ni nada parecido, pero si de algo puedo hablar, es de mi experiencia. Si quieres practicar el mindfulness, lo mejor que puedes hacer es saborear lo bonito que tiene cada momento, porque créeme, cada momento tiene algo distinto y único. No solamente eso, la vida es demasiado corta y tiene demasiados momentos difíciles como para no ver la parte positiva de cada situación.

 

Qué me ha enseñado el mindfulness.

El mindfulness me ha enseñado muchas cosas sobre mi. Me ha hecho verme por dentro, ver cómo soy, en lo positivo y en lo negativo. No solo eso, me ha hecho entender mucho mejor a los demás y la historia que hay detrás de cada uno de nosotros… he aquí algunas de las cosas que he aprendido:

  1. Lo decimos muchas veces, pero no pensamos demasiado en las palabras: vivimos en un mundo que corre demasiado. Muchas veces, es difícil salir de esa ruleta diaria que hay alrededor de nosotros, y hace que no tengamos tiempo ni de respirar.
  2. El mindfulness me ha hecho ver que no vivía el presente, que estaba tan preocupada por correr, que mi presente me lo estaba perdiendo. Con el paso de las semanas, aprendí a mirar a mi alrededor cuando estoy en un aeropuerto, a “ver” a las personas, a darme cuenta de los pequeños detalles de mi camino a casa (me di cuenta de que estaba haciendo el mismo trayecto hacía dos años, y había edificios que no sabía que estaban allí)… Una cosa que hice el pasado agosto, fue un trayecto de tren entre Estocolmo y Malmo sin usar el móvil y simplemente mirando el paisaje. Algo tan simple, nunca lo había hecho… y fue genial….
  3. Nos preocupamos por cosas que no tienen solución. Si hay algo de lo que me he dado cuenta, es que de muchas de las cosas de las que me preocupo, no soy yo la que tengo la solución. Si mi jefe no me contesta un email, no puedo forzarle a que lo haga. Si alguien hace algo que me afecta, no soy yo la que realiza la acción, pero si que soy yo la que puede cambiar el curso de las cosas con mi actitud ante la vida, y causarme a mi menos stress y malestar.
  4. Nos creemos demasiado importantes. Somos uno más entre millones de personas, pero la idea de “ser únicos”, ha calado tanto en nuestra sociedad, que no aceptamos que se nos trate como un ente más entre todos los mortales. Y si, yo soy yo, como tú eres tú, pero somos un mortal más, porque si algo no aceptamos tampoco, es la muerte; estamos cerca de ella a diario, pero no podemos aceptar que algún día nosotros también moriremos. El miedo nos paraliza (a mi la primera), y nuestra soberbia queriendo desafiar lo inevitable, hace que nuestro comportamiento diario sea como si fuéramos inmortales, y pudiéramos permitirnos no disfrutar parte de nuestra vida.
  5. Nos pasamos la vida queriendo controlar el futuro, cuando el futuro no está en nuestras manos. Si en lugar de preguntarnos “qué pasará”, cambiásemos la pregunta por “cómo sé que va a pasar?” , parte de nuestro dolor desaparecería.
  6. Juzgamos mucho, muchísimo. Creemos estar en posesión de la verdad sobre lo que los demás hacen, sin darnos cuenta, que todos somos humanos. Pedimos segundas oportunidades, pero nuestros juicios son perennes e inamovibles, sin dar la segunda oportunidad a los demás. Si algo he aprendido del mindfulness es a ver las cosas desde fuera, a intentar no ver siempre lo negativo de la gente, sino no juzgar, mirar sin emitir juicios y dejar espacio al comportamiento de los demás.
  7. En estos meses he aprendido el poder de una sonrisa, y la tranquilidad y el bienestar que produce, tanto en mi como en los demás. He aprendido a hablar con la gente por hablar, a intentar conocer a la gente, a hablar más de mi misma, sin temer a ser juzgada, pero sobre todo, a sonreir, a disfrutar más el día a día con una sonrisa en los labios.
  8. También he aprendido a ser agradecida, a dar gracias todos los días por ser como soy, por tener todo lo que tengo, por la gran suerte que tengo de tener a mi familia y amigos, de vivir donde vivo y ser como soy. he cambiado mis continuas quejas por todo a agradecer todo lo que he conseguido y la vida ha puesto en mi camino.
  9. La lección más importante que he aprendido es que no amamos lo suficiente, ni nos dejamos amar. No dejamos que el cariño llegue a nuestro corazón ni tampoco nos prodigamos en elogios o mimos a los demás. Si algo necesitamos en este mundo, es más amor….

Como ya he dicho anteriormente, soy una aficionada en todo esto, aprendiz de todo y sin vocación de maestra. Pero de verdad espero que alguno de los que me leéis, tengáis en cuenta estas palabras.

 

 

Feliz finde