Sipi Fall, en Mbale.
 
De nuevo nos atrevemos a subir a un bus, aunque cada vez va costando más arrancar y montar en ellos. En esta ocasión, también es un bus postal, pero nuestra elección, lejos de ser la adecuada, es la peor, ya que luego descubrimos que el postal no coge la carretera principal, sino que da una vuelta que suponen cinco horas extra de transporte terrestre: casi nada. Como punto positivo, los paisajes llenos de campos de arroz y de plantaciones de té, los poblados, en esta zona más coloniales y más cuidados que en el resto, y una sensación de más limpieza en el aire, supongo que debida a que todas estas ciudades, sobre todo Mbal e, tienen aceras, algo impensable o en los pueblos en los que existen, soy un poco ortodoxas para nosotros los occidentales, ya que cada casa particular se hace la suya propia, con la diferencia de medidas y formas que esto supone. Una vez en Mbale, nos encontramos un pueblo rico y próspero, con multitud de chalets y coches nuevos, con gente trabajadora que se gana la vida en el campo, en el mismo pueblo o en pueblos cercanos. La ciudad tiene muchos bancos, comercio y como no, muchos minibuses y buses para ir a cualquier otro lugar. Se respira un aire de tranquilidad en el ambiente, coronado a lo lejos por las estribaciones que albergan el MElgon, montaña que desde el principio decididos no estamos preparados para ascender.

 

Como a escasos 4o kilómetros está las Sipi Falls, hacia allí nos encaminamos. Para ello, vamos a la busca y captura de un minibus, pero un coche particular nos ofrece ir por el mismo precio, eso si, vamos a ser en el coche lo normal, 7 personas (si, lo normal, si nó no salen tampoco los coches).

 

Las Sipi Falls se encuentran divididas en tres tramos, todos ellos separados por una pequeña cantidad de laderas y bosques, difíciles de sortear si no conoces la zona. Encontramos a Tom (mejor dicho nos encuentra él a nosotros), y nos ofrece ser nuestro guía por las montañas a un precio razonable, así que nos decidimos a ir.

 

Una vez de camino, vemos que no nos hemos equivocado: Tom conoce la zona, y además, hubiese sido complicado, con tantos senderos, saber por donde ir. Comtemplamos las cataratas al unísono que atravesamos campos de cultivos de la gente que allí habita, con mucho café, Té, plátanos, mango, etc. Un niño empieza a seguirnos, y Tom le dice algo en Luganda (el idioma local en Uganda), y se va. Luego nos dice que todo el pueblo se ha puesto de acuerdo en intentar que los niños no sigan ni obtengan nada de los turistas, ya que antes lo permitían, y la repercusión estaba siendo que los niños no iban al colegio, sino que se dedicaban a vivir de lo que sacaban con los turistas… y los padres quieren que asistan a clase. Después de probar el café que muele a mano la abuela de Tom, nos volvemos a Mbale.